13 oct 2008

MARÍA: MADRE DEL SALVADOR

Cuando María dijo: "He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu Palabra", se dieron un abrazo los cielos y la tierra. Entre Dios y los hombres volvía a ser posible la amistad.


Ella hubiera querido ser siempre la esclava, ocupar el último lugar... pero, ahora que lleva a Jesús en su seno, no deja de proclamar con gozo el regalo recibido del Señor: "Todas las generaciones me llamarán bienaventurada".


Sin embargo José, no puede entender como María esperaba un hijo sin haberse casado y esto le hace sufrir mucho. Por eso también a él, le habló un ángel. Le dijo estas palabras: "José, hijo de David, no temas tomar contigo a María, porque la criatura que hay en Ella viene del Espíritu Santo". Desde entonces José no se separó de ella.


Se acercaba el día del nacimiento de Jesús, cuando salió un decreto de César Augusto ordenando a todos que fuesen a inscribirse a la ciudad donde eran sus antepasados. José era descendiente de David y tenía que empadronarse en Belén. Ir de Nazaret a Belén es cruzar Palestina de norte a sur, por unas tierras muy montañosas. El camino resultaba difícil y cansado, todavía más en la situación en la que se hallaba María. A pesar de ello no dejan de cumplir el deber de ciudadanos.


Al llegar a Belén buscaron un lugar donde pasar la noche, pero nadie les recibió en su casa, y en la posada tampoco había sitio. En las afueras había una cueva, y, allí, María dio a luz al Hijo de Dios. Lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre. Un ángel se encargó de comunicar la Buena Noticia: "Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un salvador". La Historia de los hombres, después del primer pecado, era como una gran tiniebla. Los hombres, lejos de Dios, caminaban a ciegas... Pero, por el SÍ de María, aquella noche de Belén se llenó de claridad. Los pastores estaban asombrados y los Magos preguntaban sobre esa luz... Un canto de alabanza se oía sin cesar: "Gloria a Dios en el cielo y en la tiera paz a los hombres que Dios ama".


Todos querían ver al Niño con sus propios ojos, María, en silencio, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Muy pronto la Virgen supo que en relación con Jesús sólo hay dos clases de gente: los que están con Él y los que están en contra de Él. Por eso, mientras los magos seguían presurosos la estrella, Herodes buscaba al Niño, para matarlo. Un anciano llamado Simeón se lo advirtió a María: "Una espada te atravesará el alma" Estas palabras querían significar que, por ser Madre de Jesús, iba a sufrir mucho.


Dar un SÍ es amar, y amar es estar dispuesto al sacrificio... Ella había aceptado la maternidad con todas sus consecuencias. Porque María es madre, siempre se la encuentra al lado de Jesús, compartiéndo todas sus alegrías y sus sufrimientos, guardando en el corazón el Plan que Dios Padre tiene sobre su Hijo. Un plan que Ella muchas veces no entiende, pero al que siempre dice: SÍ.



Sí, hágase tu voluntad... Y partieron hacia Egipto en un asnillo.
Sí, hágase tu voluntad... Y angustiados apsaron tres días buscando a Jesús.
Sí, hágase tu voluntad... Y Él se fue de casa para anunciar la llegada del Reino.
Sí, hágase tu voluntad... Y detrás de su Hijo subió al Calvario.
Sí, hágase tu voluntad... Y en el Calvario, ya muerto, lo tomó en sus brazos.


Seguramente entonces recordó aquella otra noche, en Belén, cuando lo abrazó por primera vez. Ahora todo estaba cumplido. Jesús nos había alcanzado definitivamente la amistad con el Padre y, este regalo se nos hace por medio de María. Por eso rezamos esta oración tan bonita:
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores.

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