El Sí que a lo largo de su vida tantas veces pronunció, nos manifiesta la fe, la esperanza y el amor que tenía en Dios Padre. Aunque fue verdaderamente la Madre del Salvador, también, podemos decir que fue la mejor discípula de Jesús, porque todas las palabras que escuchaba de su boca las ponía en obra.
Una vez que una mujer del pueblo alabó su maternidad, Jesús dijo que la verdadera grandeza de María, era su fidelidad a la Palabra de Dios. Su ejemplo nos ofrece la mejor respuesta al plan del Padre. Por eso, si la imitamos, pertenecemos al grupo de los grandes amigos de Dios. Pero, además de esta actitud de obediencia total, encontramos en Ella otras cualidades que nos ayudan a descubrir toda su belleza interior.
María es muy servicial. En cuanto supo que su prima iba a tener un hijo, fue corriendo a su casa. También Ella esperaba a Jesús, pero como Isabel era ya mayor, la Virgen se olvidó de sí misma y le ofreció su ayuda. María es muy alegre. Aunque le tuvo que costar decir "hágase en mí según tu palabra", no se queja del plan de Dios, sino que manifiesta su gozo con un canto de alabanza.
María es muy sencilla. Nunca ocupa los primeros puestos. En Belén todas las miradas se las llevó el Niño y, cuando seguía a Jesús, no destacaba entre la multitud. María es muy trabajadora. En algunas de las parábolas se nota que Jesús había observado mucho a su madre mientras realizaba las faenas de la casa. Por eso, había de cómo se echa un remiendo, se hace el pan o se barre la casa.
María es muy dedicada. En Caná asistió a una boda y, al darse cuenta de que faltaba vino le pidió a Jesús que remediara el problema para que los novios no pasaran vergüenza en un día tan importante. María es muy valiente. En los momentos más difíciles, cuando todos abandonan a Jesús, Ella permanece al lado de su Hijo, participando de su pasión. María es todo corazón. Siempre guarda en su interior los acontecimientos, las palabras, las miradas que no entiende, para descubrir su significado a la luz del amor.
Y Dios ocupa el corazón de María, por eso Ella vive en contínua oración. En nuestro corazón el egoísmo siempre encuentra algún rincón donde puede vivir. Hasta los santos han cometido pecados. En cambio, María es Santísima. En Ella nunca ha habido ni la más mínima falta. Su unión con el Padre, con el Hijo, y con el Espíritu Santo era tan plena que al morir fue elevada, por el poder de Dios, al Reino de los Cielos.
Este misterio lo celebramos el día 15 de agosto, Fiesta de la Asunción. En él se nos revela que, para quienes viven unidos a Dios, la muerte es un comienzo de una Vida Nueva. Pero para vivir un día en el cielo tenemos que ser primero amigos de Dios. Jesús nos ha preparado un lugar junto a María y por eso, nuestros nombres están ya escritos en el cielo.
¡Que bien, algún día nos reuniremos con la Virgen y con todos los santos, y juntos, cantaremos y alabaremos a Dios que ha sido tan bueno con nosotros!.


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